martes, 22 de mayo de 2007

La senda del dolor

No había palabras para describir lo que sentía en aquel instante... Emociones suficientes para expresarlo... No podía explicarlo de ninguna forma, porque no había nada que explicar, o porque, tal vez, fuese tanto que no podría manifestarlo de forma coherente. Por eso la miró a los ojos, frente a los suyos, en medio del gran parque, y empezó a hablar despacio y tranquilo. No habló de sentimientos, son palabras que inventaron los poetas para embellecer el lenguaje, y no era el momento. Habló de hechos, de lo que había ocurrido cuando la vio por primera vez, de lo que había sido su relación de amistad hasta el momento. Ella aguardó pacientemente, descubriendo cosas que no le parecían posibles, que no podían haber pasado ante ella sin haberse dado cuenta.
Tras un buen rato hablando, él bajó la mirada, avergonzado de pronto de mirarla a los ojos; tal vez con miedo de leer el rechazo o algo peor en ellos.
Ella estaba algo conmocionada, pero no tanto como él. Él se había lanzado a un abismo sin saber lo profundo que podría ser. Le había confesado con sus palabras una atracción más allá de la comprensión, si eso era posible, un amor incondicional y sincero.
Ella sintió pena por él, y fue lo primero que él notó cuando la chica le contestó.
Minutos después ella se alejaba sin mirar atrás, y amedida que ella se iba él notó cómo su mundo se desmoronaba, cómo su alma se le caía a los pies. Como moría lenta y dolorosamente, por dentro.
Sabiendo que, voluntariamente o no, había elegido la senda del dolor, el chico echó a andar a su casa, esperando que no hubiese nadie. Con ganas de echarse a dormir y pensar que todo había sido un maldito sueño.

Dáyn

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