domingo, 10 de junio de 2007

El caballero oscuro


Fennäon se mantenía orgulloso sobre su enorme caballo de guerra. La bestia estaba recubierta por una pesada barda de metal que la protegía de las flechas enemigas. El mismo Fennäon se protegía con una armadura de placas superpuestas de un oscuro metal, con adornos de espirales y leones grabados en oro. Su pelo negro ondeaba al viento, manchado de barro y sangre. Su yelmo, ornamentado con leones y cuernos de dragón, descansaba en su regazo, y su espada chorreante de sangre aún se hallaba en su mano derecha. Aquella espada era especial: estaba encantada con una terrible maldición, y una vez iniciada la batalla, una vez había probado la sangre, la voluntad de la espada era seguir matando, hasta que todas las fuerzas de su portador se desvanecían o la batalla terminaba. Fennäon no era el primer dueño de la espada, y por ello había entrenado cuerpo y mente para dominarla.
Sus ojos, negros como piedras de azabache, contemplaban la ciudad portuaria de Thalaburgo, que ardía hasta sus cimientos. Hubo un estruendo, y toda la estructura del muelle de la ciudad se resquebrajó y se hundió en el mar. El caballero oscuro sonrió por ello.
Desde la colina, portando un estandarte raído y una espada ensangrentada, en caballero oscuro lo observaba todo. Observaba a sus más de quinientos hombres saquear la aldea cercana a la ciudad. Observaba... observó, para su regocijo, a un soldado de la guardia de la ciudad. Corría hacia él. El adversario, que ya tendría cuarenta años a sus espaldas, no le temía, y llevaba una alabarda en lo alto.
Fennäon clavó su estandarte en la tierra húmeda y bajó de su caballo. Se puso su yelmo y sonrió.
...
Cuando lamió la sangre del guerrero muerto hoja de su espada maldita, Fennäon pensó en lo bueno que había sido aquel día.
¿Cuántas ciudades tendría que arrasar, cuántos muertos más tendría que causar para volver a sentir ese regocijo?
...
Entonces, le vino otro pensamiento a la mente.
El mundo era enorme, y había muchas ciudades.

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